Alemanes en la arquitectura rioplatense
La exposición de este año del Cedodal está dedicada
a los arquitectos alemanes que actuaron en el país y a los argentinos
que se educaron en Alemania. El libro que lo acompaña es una ventana
original a una corriente conocida fragmentariamente.
No es cosa de ponerse sarmientinos, pero Argentina es un país donde
se tiran archivos, se dispersan bibliotecas y se demuelen tesoros. Este sistemático
descuido irrita a una minoría que, emperrados como vascos, le nadan en
contra a la corriente. Algunos de estos testarudos se nuclearon hace diez años
en el Cedodal, el Centro de Documentación de Arquitectura Latinoamericana,
una patriada erudita que cada año pone una pieza más en el rompecabezas
y quiebra la flacura de libro, investigación y archivo de este país.
En el camino, desarrollaron algunos conceptos peculiares y esta semana inauguraron
otra exposición en esa línea: la que historia la presencia y la
influencia de los alemanes en la arquitectura nacional.
El centro que dirigen Ramón Gutiérrez y Graciela Viñuales
es también una editorial ya abundante, que publica o coedita bibliografías
y estudios académicos. Y cada año, o casi, organiza una exposición
y edita un libro dedicados a un autor -Prebisch, Kálnay, Gianotti, Massüe,
Le Monnier-, a un movimiento -Casas Blancas- o, y aquí está el
concepto peculiar, a una comunidad de origen: Cedodal ya editó Italianos
en la arquitectura argentina y este miércoles presentó la muestra
"Alemanes en la arquitectura rioplatense".
¿Por qué usar el origen nacional de los arquitectos como hilo
organizador? Porque estamos hablando de arquitectura en un país que no
generó un estilo propio, reconocible como central, sino que importó
conceptos, soluciones y estéticas. Y este bagaje llegó en la cabeza
de inmigrantes, de contratados y de argentinos que estudiaron en ultramar. En
un punto y en un momento histórico, Argentina es un nudo sorprendido
de hilos europeos que raramente se cruzaron en su origen.
Como explican la exposición y el libro, ya había alemanes construyendo
por aquí en tiempos coloniales, como hubo franceses e italianos, pero
lo hacían en el universo estético español y hay que tener
ojo de experto para sentir los ecos barrocos o neoclásicos alemanes en
las estancias jesuíticas y las iglesias que nos dejaron.
No es el caso a partir de la segunda mitad del siglo 19, cuando empiezan a
actuar profesionales de la primera camada, como Ernesto Bunge, un argentino
hijo de alemanes y educado en Alemania, que nunca pudo dar puntada sin un hilo
alemán. Es muy ilustrativo el contrapunto que hace este libro entre sus
obras y la de otro argentino-alemán, Carlos Altgelt, que "se volcará
también a una veta historicista por la arquitectura neobarroca alemana",
en contraste con la vocación gótica de Bunge.
Como todos los libros del Cedodal, éste tiene un nivel de ilustraciones
ejemplar. Así se recorren obras famosas que les debemos a alemanes o
a la educación alemana, como el palacio Pizzurno, la iglesia de Santa
Felicitas, el Normal 1, varios edificios públicos de gran porte en La
Plata, palacios en medio país, obras paradigmáticas en su época
como el hospital de Tandil y literalmente centenares de casas particulares y
edificios de renta, en todos los estilos imaginables. Hay curiosidades, como
la pasión neocolonial de Guillermo Ebrecht en Rosario, o el hecho de
que de los diez fundadores de la Sociedad Central de Arquitectos en 1886, la
mitad fueran alemanes o descendientes educados en Alemania.
Y luego, claro, está la Bauhaus y el nacimiento del primer movimiento
moderno en este país, donde los alemanes aparecen con fuerza. Así
aparecen asociaciones como la de Antonio Vilar con Wilhelm Ludewig, que huyó
de Hitler, y resultó en obras como el hospital Churruca, la sede central
del Automóvil Club y varias de sus sedes en el interior. Y también
nombres como el de Walter Loos o el del vienés Jonas Mond, constructor
de sinagogas, nada menos.
En fin, un panóptico de influencias y obras con un fuerte capítulo
industrial y otro patagónico, un diccionario biográfico compilado
como siempre por la paciente Elisa Radovanovic, y una erudita bibliografía.
Y después dicen que ya no hay utopías.
Por Sergio Kiernan
* Encabezado: Santa Felicitas, de Ernesto Bunge, el primer arquitecto argentino,
de origen alemán. Un eslabón en una cadena importante y poco conocida.
Imagen: Bernardino Avila