A punto de cumplir 101 años, el arquitecto Oscar Niemeyer da nuevas muestras de genialidad, como su centro cultural para Avilés. Hablamos de todo con él en su estudio de Río de Janeiro.
Érase una vez un hombre que no cogía aviones, pero pilotaba platillos volantes. Érase un rostro de piedra viejo como los arcanos del mundo y joven como esos niños de sexto sentido que nos retratan como sin querer mientras nos contemplan, un rostro enmarañado en una nube de humo dibujada por generosas raciones de Davidoff, esos pitillitos cortos y afilados de color marrón oscuro que tanta distinción otorgan a quien los consume.
Érase un fabricante de sueños de hormigón armado, un poeta espacial que, a bordo de un rotulador y estigmatizado por una obsesión de curvas, había declarado la guerra al ángulo recto. "No es la línea recta la que me atrae, dura, inflexible, creada por el hombre. La que me atrae es la curva libre y sensual. La curva que encuentro en las montañas de mi país, en la sinuosidad de sus ríos, en las nubes del cielo y en las olas del mar. De curvas está hecho el universo, el universo curvo de Einstein". Palabra de Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares, para quien la arquitectura no puede ser otra cosa que "conmoción, emoción, sorpresa, diferencia y poesía, cosas que no están sujetas a la escuadra y el cartabón".