Revista TA 39 - Historias de Amor, de tragedias y terremotos
E
n Santiago, la más importante ciudad del Reino de Chile, justamente cuando se producía el gran terremoto del año de 1647, en el que tantos seres perecieron, estaba atado a una pilastra de la prisión el español Jerónimo Rugera, acusado de un hecho criminal, a punto de ser ejecutado. Don Enrique Asterón, uno de los nobles más acaudalados de la ciudad, le había echado de su casa hacía poco más de un año, donde se desempeñaba como maestro, cuando descubrió sus relaciones con su única hija, doña Josefa.
El día del terremoto, Jerónimo Rugera quedó inmóvil de espanto, al tiempo que, como si hubiera perdido el conocimiento, se aferró a la columna donde había pensado que hallaría la muerte, para no caer. El suelo se estremeció bajo sus pies, los muros de la prisión se resquebrajaron, todo el edificio se inclinó para caer hacia la calle, lo que no sucedió gracias al edificio de enfrente, que también había cedido y le sirvió como apoyo. Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por completo. ” Estos son algunos párrafos del cuento “El Terremoto en Chile”, una historia de amor ambientada en el Chile español de 1647 cuando la ciudad de Santiago quedó arrasada por un terrible terremoto, escrito por un autor alemán Kleist, Heinrich von, [Heinrich, 1992].
No resulta en absoluto inusual que un autor recurra a un recurso extremo, tal como un terremoto, para solventar alguna situación complicada a la que ha sometido a uno de sus personajes. Tampoco es extraño que tal recurso sísmico se ambiente en Chile, país que cuenta en su haber con uno de los terremotos más grandes de la historia, que dio origen a un Tsunami cuyas olas viajaron hasta sitios tan remotos como Hawai y Japón en el año de 1960. Actualmente los sismólogos del mundo orientan de nuevo sus miradas hacia Chile, ya que desde hace mas de tres meses, a partir del 22 de enero de este año, los habitantes de la región vecina al fiordo de Aysén (a unos 1500 km. al sur de Santiago de Chile) han sentido varios cientos de temblores de tierra, ocasionándoles un estado de terrible preocupación y temor, con la sensación de que algo mayor era inminente. El sábado pasado, 21 de Abril a las 17:53 GMT, un terremoto de magnitud superior a los seis grados confirmó todos sus temores. Este terremoto ocurrió en una temporada en la que una serie de lluvias intensas habían saturado las laderas montañosas vecinas a la costa, de tal forma que se produjo el deslizamiento y derrumbe de grandes masas de material, el cual cayó al mar dando origen a un tsunami local que ocasionó cerca de diez víctimas. En la figura 1 se ilustran algunos de estos movimientos de masa y resulta interesante observar aquel que aparece a la derecha de esa figura: es posible notar la ola tsunami generada por la caída de grandes toneladas de material al agua del fiordo. Estas imágenes aparecieron publicadas en diversos diarios chilenos con motivo de la gran controversia que se generó en la región, por causa de estos eventos y la manera como se manejó oficial y científicamente la situación. En general los habitantes de la región sienten que no fueron tomados en cuenta, llegando incluso a negarse “oficialmente” la ocurrencia del tsunami, a pesar de las fotos y de las personas desaparecidas en las aguas del fiordo.
Figura 1: Dos aspectos de los deslizamientos cosísmicos ocurridos en las empinadas laderas del fiordo de Aysem. Note el inicio de la ola tsunami (imagen a la derecha)
Lo más preocupante es que algunos de los científicos de la región consideran que esta sismicidad extraordinaria está posiblemente asociada con el proceso del nacimiento de un nuevo volcán submarino, cuyo bolsón magmático trata actualmente de salir a la superficie. De ser esta hipótesis cierta, se espera que ocurran otros sismos similares o mayores al del sábado, así como también es factible una erupción volcánica submarina de consecuencias impredecibles. Otros investigadores consideran que esta sismicidad está asociada mas bien con algunas fallas secundarias de la región, no relacionadas con actividad volcánica, y que probablemente en unos días todo vuelva a la normalidad.
Figura 2: Esquema tectónico de la región, ilustrando el movimiento de las placas tectónicas, la localización del evento sísmico y la posición relativa del Fiordo de Aysen.
En la figura 2 se ilustra con flechas amarillas el movimiento relativo aproximado de las placas tectónicas, cuyo encuentro en la región motiva la subducción de la placa de Nazca bajo la placa Suramericana, dando origen a la fosa oceánica Peruano Chilena, a la Cordillera de los Andes y a la intensa actividad sísmica-volcánica de la región (la localización aproximada del epicentro del sismo ocurrido el día 21 se indica por una estrella).
El Tsunami de Arica del Año 1.868.
En el año de 1868, durante la
tarde del 8 de Agosto, el barco USS Wateree, de bandera estadounidense,
se encontraba anclado en la rada del puerto de la ciudad chilena
de Arica (en ese entonces bajo dominio peruano) cuando la fuerza
de un gran terremoto estremeció esa ciudad. El oficial L.G.
Billings se encontraba para ese momento en la cabina del capitán
del barco y fue testigo de excepción no solo del efecto del
terremoto sobre la ciudad, sino de la fuerza del tsunami que se
descargó sobre ellos luego del terremoto. Según sus
palabras “hacia las cuatro de la tarde nos sobresaltamos pues el
barco vibraba como cuando se deja caer el ancla y la cadena gime
en los escobenes. Seguros de que no podía tratarse de esto,
corrimos hacia el puente. Atrajo nuestra atención una nube
de polvo que avanzaba desde el sureste por tierra, al mismo tiempo
que crecía la intensidad del ruido. Ante nuestros ojos estupefactos
las colinas parecían tambalearse, y el suelo se agitaba igual
que las pequeñas olas de un mar picado. La nube de polvo
envolvía ya a Arica. Al mismo tiempo se elevaban a través
de su impenetrable velo los gritos de socorro, el estruendo de las
casas que se derrumbaban y la mezcla de los mil clamores que se
producen durante una calamidad. Mientras tanto, nuestro barco se
sacudía como tomado por una mano gigantesca. Después,
la nube cruzó sobre nosotros. A medida que el polvo se disipaba,
nos frotábamos los ojos y mirábamos sin poder creer
lo que veíamos: en el sitio donde segundos antes se encontraba
una ciudad feliz y próspera, diligente de actividad y vida,
sólo veíamos ruinas entre las que se debatían
los heridos menos graves de todos, los infortunados prisioneros
de las ruinas de sus propias casas; gritos, aullidos de dolor y
llamadas de auxilio rasgaban el aire, bajo un sol sin piedad que
brillaba en el cielo sereno.”
Figura 3: Ubicación
de la ciudad de Arica en Latinoamerica.
De acuerdo con lo escrito por Billings en párrafos siguientes, el capitán temía la llegada de un maremoto, como se le llamaba en ese tiempo al fenómeno conocido hoy en día como tsunami, y trató de tomar medidas para asegurar al barco y su tripulación. Sin embargo, los acontecimientos que siguieron sobrepasaron todas sus intenciones de ser muy precavidos, tal como se deduce de su crónica: “En tierra, los sobrevivientes atravesaban mientras tanto la playa y se apiñaban en el pequeño malecón, llamando a las tripulaciones de los barcos para que ayudaran a sacar a sus parientes de las confusas ruinas y transportarlos a la aparente seguridad de los barcos anclados. Esto era más de lo que podíamos soportar, así que de inmediato bajamos la lancha con trece hombres a bordo. Alcanzó la ribera y la tripulación desembarcó de inmediato, dejando solamente un marinero de guardia en la embarcación. Mientras tanto, abordo tratábamos de organizar un equipo armado de palas, hachas y zapapicos, cuando un rumor atrajo nuestra atención; al volver los ojos a tierra vimos con horror que el lugar en el que se encontraba el muelle lleno de seres humanos, había sido tragado en un instante por la repentina subida del mar, mientras que nuestro navío, flotando sobre la superficie, no lo había notado. Veíamos asimismo la lancha con sus tripulantes arrastrados por la irresistible ola hacia el alto acantilado vertical del Morro, en donde desaparecieron entre la espuma formada por la ola al romper sobre las rocas.”
Figura 4: Ciudad
de Arica, Chile. Tomadas de Google y modificadas por el autor.
En este punto, así como también en lo
que sigue del relato de Billings, llama poderosamente la atención
lo bien que éste se ajusta a las descripciones actuales del
mecanismo de propagación de la onda tsunami:
“en ese mismo momento se produjo una nueva sacudida
sísmica, acompañada en la ribera de un terrible rugido
que duró algunos minutos. Vimos nuevamente ondular la tierra,
moverse de izquierda a derecha, y esta vez el mar se retiró
hasta hacernos encallar y descubrir el fondo del océano, mostrando
a nuestros ojos lo que jamás se había visto: peces que
se debatían entre las rocas y monstruos marinos embarrancados.
Las embarcaciones de casco redondo rodaban sobre sus costados, mientras
que nuestro Wateree se posó sobre el fondo plano. Cuando volvió
el mar, no como una ola sino más bien como una enorme marea,
hizo rodar a nuestras infortunadas naves compañeras con la
quilla arriba del mástil, mientras que el Wateree se levantó
ileso sobre las agitadas aguas.”
Figura 5: Morro
de Arica, Chile.
Figura 6: tsunami
Arica 1868.
En la figura 6 “tsunami arica 1868” pareciera que
el artista se inspiró en este relato para representar los sucesos
de ese aciago día. No obstante lo peor no había pasado
aún: “El acorazado peruano América, el más veloz
de su tiempo, continuaba a flote, así como el navío
norteamericano Fredonia. El América, que había intentado
llegar a mar abierto a toda la velocidad de sus máquinas antes
de la retirada del mar, se hallaba parcialmente en seco, con el casco
desfondado. En ese momento la ola lo arrastraba a gran velocidad hacia
la ribera mientras sus chimeneas vomitaban un espeso humo negro y
parecía ir en socorro del Fredonia, que, gravemente averiado,
era empujado hacia los acantilados del Morro de Arica. Un momento
después el Fredonia se estrelló contra el acantilado
y nadie se salvó, mientras que una corriente contraria tomó
milagrosamente al navío peruano y lo arrastró en otra
dirección. La noche había caído hacía
largo tiempo cuando el vigía gritó sobre el puente para
anunciar que una ola gigantesca se aproximaba. Escrutando la oscuridad
percibimos primero una débil línea fosforescente que,
como un extraño espejismo, parecía subir cada vez más
hacia el cielo; su cresta, coronada por la lúgubre luz de un
resplandor fosforescente, revelaba siniestras masas de agua negra
que se agitaban por debajo de ella. Anunciándose con el estruendo
de miles de
truenos que rugían al unísono, el maremoto que temíamos desde hacía horas había llegado finalmente. De todos los horrores, éste parecía ser el peor. Encadenados al fondo, incapaces de escapar, habiendo tomado todas las precauciones humanamente posibles, no podíamos más que ver llegar la monstruosa ola, sin siquiera el sostén moral de poder hacer algo, ni la esperanza de que el navío pudiese pasar a través de la masa de agua que avanzaba para destrozarnos. Lo único que nos quedaba era sujetarnos a los barandales y esperar la catástrofe. En medio de un estruendo aterrador, nuestro barco fue tragado, enterrado bajo una masa semilíquida, semisólida de arena y agua. Permanecimos sumergidos faltándonos el aire durante una eternidad; después, con un gemido de toda su armazón, nuestro sólido Wateree se abrió un camino hacia la superficie con su jadeante tripulación sujeta aún de sus barandillas. Algunos hombres estaban gravemente heridos; ninguno había muerto, no faltaba nadie. Había sido un milagro en el que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, me es difícil creer.”
El comentario de Billings acerca de la composición
de la ola tsunami (semiliquida, semisólida de arena y agua)
permite comprender su capacidad destructora y la forma en que resulta
modificado el paisaje de los sitios afectados por ella. También
revela que la única defensa humana efectiva ante este fenómeno
natural es la de huir a sitios altos donde la ola y la marea tsunami
no alcance: “El sol se levantó sobre una escena de desolación
como pocas veces pudo contemplarse. Estábamos en seco, a tres
millas del sitio en que habíamos anclado y a dos milla tierra
adentro). La ola nos había transportado a una velocidad increíble
por encima de las dunas de arena que bordean el océano, a través
de un valle, y más allá de la vía del ferrocarril
que va a Bolivia, para abandonarnos al pie de la cadena costera de
la cordillera de los Andes. Ahí, sobre el acantilado casi vertical,
descubrimos el rastro que la ola del maremoto, a unos 47 pies de altura
(unos 15 metros), había dejado. Cerca de nosotros yacían
los restos de un velero inglés de tres palos, el Channacelia;
una de las cadenas del ancla se arrollaba alrededor del navío
tantas veces como su longitud lo había permitido, mostrando
así que el barco había rodado varias veces. Un poco
más lejos, rumbo al mar, el acorazado América estaba
destrozado, recostado sobre uno de sus flancos. La ciudad misma había
desaparecido y en su lugar se extendía una llanura de arena
sólida. Exceptuando los barrios adosados a la montaña,
no quedaba ninguna casa que señalara el sitio en que estaba
levantada Arica. Todas las construcciones hechas con tabiques suaves,
llamados "adobes", habían sido destruidas por el
mar. En los barrios situados abajo del nivel alcanzado por el agua,
caminábamos sobre un horrible amontonamiento en el que todo
se mezclaba, incluyendo los cadáveres, bajo una altura de 20
ó 30 pies.”
La figura 7es una foto del USS Wateree (en primer
plano) y del acorazado peruano América, varados tierra adentro
sobre la llanura de arena sólida descrita por Billings en su
crónica.
Figura 7: Figura
7, Uss Wateree y el acorazado América.
Referencias:
[Heinrich, 1992] Kleist, Heinrich von, “El terremoto de Chile”, en " La marquesa de O y otros cuentos ." Trad. de Carmen Bravo Villasante. Madrid, Alianza, 1992, 3ª ed., libro de bolsillo 0191, pp. 71-88., original en aleman 1965).
Patricio Manns (1972) Los terremotos chilenos. Edit. Quimantú. Santiago de Chile.
Figuras:
Figuras 1 y 2 http://www.elpais.com/fotogaleria/Terremoto/Chile/3747-1/
y http://www.elpais.com/fotogaleria/Terremoto/Chile/3747-2/
Figuras 2, 3 y 4 Imagenes tomadas de Google Earth y editadas por el
autor.
Figura 5 http://www.visitchile.org
Figura 6 Colección pública de imágenes de John
Kozac de terremotos históricos.
Figura 7US Naval Historical Center
Magister en Estadísticas, Profesor Agregado de la Universidad
de los Andes perteneciente al Laboratorio de Geofísica
adscrito al Departamento de Física de la Facultad de
Ciencias, presidente de la Fundación para la Prevención
de Riesgos Sísmicos FUNDAPRIS.