n consonancia con el tema propuesto en la editorial e ilustrado con la foto de portada, hemos considerado interesante traer a estas páginas un ejemplo de lo que se puede descubrir o aprender si se observa un edificio de reconocido valor cuando ya el tiempo y el uso han hecho mella en él. Aprovechando que el Edificio de Rectorado y Servicios de la Universidad de Alicante (España), obra del conocido arquitecto Álvaro Siza, estaba siendo reparado, valía la pena entrar en la obra con el fin de documentar las causas y los efectos de dicha intervención, y a raíz de ello, sacar algunas reflexiones.
Concluido en 1998, podría decirse que el Rectorado es un edificio joven, además de uno de los iconos arquitectónicos del campus, valorado principalmente por sus cualidades estéticas y compositivas. Inspirado en la arquitectura tradicional portuguesa (algo bastante presente en la obra de Siza), el edificio realmente consigue recrearla en el tratamiento plástico de las superficies limpias, blancas, así como en la disposición de muros ciegos al exterior y un patio interior porticado. En respuesta a la trama reticular del campus y al eje longitudinal al lado del cual está ubicado, el edificio se "estira" a lo largo de más de 100 metros de paseo peatonal (1-2), formando dos alas ligeramente convergentes que encierran el patio alargado en su interior. Fue construido con la intención de albergar los principales servicios político-administrativos de la Universidad (despachos y oficinas), además de una sala circular para presentaciones y reuniones del Rectorado.
¿Por qué elegir este edificio como ejemplo de conflicto entre el diseño inicial y el uso posterior? Como se comenta de manera general en la editorial de la presente edición, se podrían agrupar las causas de fallo de un edificio en dos grandes categorías: por un lado, los errores de concepción referentes al uso y a la relación del edificio con el habitante; por otro lado, los errores constructivos, ya sea por un inadecuado diseño o por una incorrecta ejecución. Pues bien: este edificio, pese a todos sus valores, tiene importantes disfunciones en esos dos ámbitos, algunas de las cuales se comentan a continuación. Al margen de esto, cabe comentar que la exposición que sigue no pretende en ningún modo descalificar el diseño de Álvaro Siza ni aventurar una arriesgada valoración de conjunto sobre esta obra concreta, sino mostrar por un momento una visión de la arquitectura quizás demasiado poco valorada en el ámbito disciplinar: la de su puesta en carga por el uso y el paso del tiempo.
Los conflictos entre el diseño y el uso real son probablemente los más graves que puede provocar un edificio, ya que muchas veces no admiten solución y perjudican al usuario de forma continuada. El Rectorado, analizado atentamente desde este punto de vista, proporciona algunos importantes argumentos para la crítica. Por su concepción, este edificio se cierra casi completamente a su entorno, adquiriendo un carácter ligeramente adusto o indiferente, vagamente contrarrestado por la calidez de los acabados y por la estudiada vegetación ornamental. Esto provoca, además de que sea percibido como una pieza poco amable dentro del campus, que los largos pasillos dispuestos en su interior sólo reciban luz por sus extremos (3). El arquitecto logró que todos los despachos tuviesen puertas al patio y recibieran luz natural adecuadamente tamizada, pero en el día a día, se llega a ellos por un fantasmagórico túnel donde el sonido de los tacones sobre el mármol se convierte en el único visitante habitual. Lo que podría ser un efecto atractivo para el visitante avezado, se convierte en una carga para la secretaria que varias veces al día tiene que ir a hacer unas fotocopias a 75 m de distancia y luego recorrer otros 50 para llegar al aseo sin ver la luz en todo el recorrido. El hecho de que el pasillo se haya llenado de archivadores (3) es sólo un síntoma de otro tipo de disfunción. Ya desde su puesta en uso, los comentarios respecto a los "paseos" se convirtieron en habituales entre los trabajadores de las oficinas, y uno no puede evitar preguntarse si alguno de ellos habrá llegado a oídos del arquitecto. ¿Sabrá Siza lo que está soportando día tras día tal o cual miembro de un vicerrectorado universitario, al usar ese edificio?
Dejando el tema de la usabilidad , podemos pasar a ocuparnos del que realmente llevó al autor de este artículo a escurrirse entre bastidores y fotografiar unas simples obras de reparación. Podríamos llamarlo "secuelas físicas del diseño": un arquitecto propone una solución, que se ejecuta con más o menos fidelidad y cuidado, y más tarde el paso del tiempo tiempo, la acción del entorno y los propios usuarios se encargan de ponerla a prueba.
Es precisamente así como, menos de diez años después de haber sido construido, el zócalo de piedra que rodea todos los muros exteriores del edificio ha comenzado a caerse a trozos (ver foto de portada) sin más acciones que su propio peso, la humedad y menos probablemente, el viento. Este zócalo y los pavimentos circundantes, construidos con piezas de una piedra natural sedimentaria extremadamente blanda y porosa (un tipo de arenisca), son uno de los principales valores estéticos del edificio. Además de constituir un contrapunto relativamente amable frente a los sólidos, lisos e interminables muros blancos, sus tonos dorados crean un magistral contraste con la vegetación circundante, especialmente con el color violeta de las flores de la lavanda (4).
Sin embargo, los valores estéticos de esta piedra no están apoyados en ninguna cualidad técnica que la haga especialmente apropiada para una obra de edificación, y es aquí donde entra en cuestión el acierto del arquitecto al utilizarla en tal cantidad y en una obra de ese calibre. Por un lado, la arenisca absorbe y evapora la humedad con extrema facilidad, de modo que al poco tiempo queda cubierta de sales que afloran a la superficie (5). Por otro lado, aunque en relación directa con lo anterior, su resistencia frente a las acciones químicas y mecánicas es de las más bajas que se pueden dar en un material de construcción. Dispuesta directamente sobre el terreno o en contacto con él (sobre todo en zonas susceptibles de humedad por riego), tras unos pocos años de uso la piedra queda completamente degradada, corroída por los agentes atmosféricos y quebrada por acciones tan leves como las pisadas de las personas que caminan sobre ella (6-9).
Cuando se intenta subsanar el error del arquitecto, surge rápidamente la duda de en qué medida cabe mantener el material y la forma originales, o cambiarlos para utilizar soluciones más adecuadas. En este caso, la reparación efectuada intenta respetar al máximo el proyecto inicial de Siza, hasta el punto de que es probable que dentro de otros pocos años haya que volver a sustituir el bordillo de arenisca que rodea a la lavanda (10) ya que, aunque se ha colocado una capa de gravín para separarlo del terreno, sigue en contacto directo con éste por el lateral, además de continuar expuesto al roce del tránsito y a la acción química de las sustancias disueltas en el agua de lluvia o riego. En la reparación del zócalo se ha llegado un poco más lejos, modificando el modo en que el edificio entra en contacto con el terreno en un intento de separar la arenisca del suelo, por ser éste la principal fuente de humedad (11-14).
Podemos imaginar que tras haber sustituido cientos de metros cuadrados de piedra y una vez hayan crecido las plantas, el edificio volverá a ser el mismo. Quizás demasiado, de hecho. La piedra seguirá absorbiendo humedad, evacuando sales, degradándose y rompiéndose con su uso normal. ¿Había otra opción para repararlo sin modificar todo el aspecto del edificio? Posiblemente no, dado que al cambiar la piedra se hubiera perdido la textura suave y mate, como aterciopelada, que únicamente las piedras porosas como la arenisca presentan a la vista. Y en todo este debate, cuando dentro de otros diez años haya que volver a cambiar la piedra, ¿irá el propio Siza (como arquitecto de "reconocido prestigio"), a su edificio para ver cómo lo reparan? ¿Sabrá siquiera que lo están reparando? O dicho de un modo general, ¿hasta qué punto podemos hipotecar el mantenimiento de un edificio por una cuestión de estética arquitectónica? Si un hermoso edificio como es el de Rectorado y Servicios no soporta la exposición a la intemperie, si su uso provoca agotamiento y opresión a sus usuarios, ¿cuántos edificios de los que vemos día a día pueden estar decepcionando a los que los habitan y los hacen funcionar?
Si todos los arquitectos (o urbanistas, o...) hiciésemos nuestra esa reflexión y procurásemos mirar también con los ojos limpios y poco instruidos de alguien ajeno a la disciplina, es posible que algo se empezara a ganar justo allí donde hay tanto que perder. Las vías para ello están casi únicamente limitadas por nuestra actitud y nuestra creatividad. Podemos recurrir metódicamente a la participación del usuario como parte del proceso de diseño, algo que ya hacen muchos arquitectos con muy buenos resultados. Podemos realizar atentos seguimientos de nuestras obras con el fin de recoger una valiosa experiencia en ese sentido. Podemos hacer muchas otras cosas, y en la actualidad, no está en abosluto de más que las hagamos. Nos jugamos la credibilidad de nuestra profesión, sobre todo en aquellos lugares, como Europa, donde los cambios en la educación y las competencias profesionales están poniendo en entredicho el auténtico papel del arquitecto. Si no aseguramos la durabilidad, el mantenimiento sostenible y la adecuación a su uso, ¿qué es lo que vamos a ofrecer a la sociedad? La pelota está, ciertamente, en nuestro tejado.