curre bastante a menudo, en muchas disciplinas y en la vida misma, que el conocimiento profundo de algo impide ver sus aspectos más obvios. La arquitectura, en ese sentido, no es ninguna excepción. El arquitecto, desde que entra en la escuela, va dejando paulatinamente de mirar los edificios como cualquier otra persona. Comienza a ver aspectos nuevos, encuentra nuevos criterios de valoración... y va perdiendo la visión inocente del usuario de a pie. A veces llega el momento en que, hundido en las complejas entrañas de la disciplina, el profesional parece olvidarse de que ese agente llamado persona , que viene precisamente cuando él ya se ha marchado.
Un edificio, a diferencia de otro tipo de proyectos creativos como el cine, sigue en proceso de manipulación más allá de donde nosotros, los arquitectos, solemos dejar de pensar en él: en el final de la obra, el comienzo de su utilización y disfrute por parte de los usuarios. Cuando la última pieza está colocada, la última superficie pintada, y podemos cortar la cinta de inauguración, respiramos aliviados, pensando que lo peor ya pasó. ¿Ya pasó? Lo peor, lo auténticamente peor, muchas veces está todavía por llegar. Es el momento en el que esas personas -que fríamente llamamos usuarios - entran en el edificio y comienzan a moverse por él, a utilizarlo con más o menos cuidado, a desgastarlo inevitablemente. Y el edificio, hasta entonces de aceptable buen aspecto, comienza a mostrar todos sus defectos sin pudor ninguno. Las paredes se manchan rápidamente, las instalaciones se revelan insuficientes, las baldosas resultan ser muy resbaladizas y -horror de los horrores-, se empiezan a hacer necesarias una serie de reformas que acaban de desfigurar el edificio original. Y el arquitecto, ¿dónde está? Demasiadas veces,y en lo referente a sus intenciones, bien lejos.
Es cierto que existen lazos en forma de responsabilidades, que hacen que el autor siga ligado a su obra, si no directamente, sí a través de los juzgados. En la mayoría de los casos el seguro cubre los daños y todos olvidan el problema. Todos salvo los habitantes, los únicos en todo esto que realmente necesitan que el edificio funcione, y que cargan ahora con un trauma diferente: el edificio vuelve a estar en obras, pero ahora ellos están dentro. Sin embargo, cabría aclarar que no nos referimos aquí a esos involuntarios e impredecibles errores de diseño y ejecución que suelen cubrir los seguros, sino a otro tipo de problemas menos reconocidos y bastante más comunes: los derivados de considerar al habitante como un condicionante, a veces casi un oponente o un obstáculo que hay que superar, olvidando que todo lo que hace un arquitecto no tiene otra razón que ser habitado, apropiado por su destinatario final. Es esa actitud la que conlleva los más importantes conflictos entre la arquitectura como símbolo artístico o disciplinar y la arquitectura como objeto de uso cotidiano.
No hace falta ser un arquitecto mediocre para que estos conflictos ocurran. La historia está plagada de ejemplos de magníficas obras de arquitectura (de autores tan reconocidos como Mies van der Rohe o Richard Neutra, por citar alguno) que fueron fervientemente odiadas o cuanto menos criticadas por sus usuarios. La evasiva respuesta desde la disciplina es sencillamente que las obras fueron incomprendidas por los habitantes. Pero eso no ayuda al que vive en su interior; al que, por un tiempo cien veces superior al que el arquitecto dedicó a pensar el edificio, le toca a hora disfrutarlo y sufrirlo.
Sabiendo todo esto, resulta incomprensible ver cómo la crítica de la arquitectura, ensimismada, evita hacer referencia a ese segundo periodo de toda construcción. Se habla largo y tendido de una fase como es el proyecto, que dura unos cuantos meses, quizás un par de años, y se deja el resto (décadas, a veces siglos) en un limbo despreciativo. El flamante edificio recién construido resulta premiado por un docto jurado, y pasa a formar parte de una gran exposición. Días después, un animoso joven en silla de ruedas descubre que acceder al interior es poco menos que una odisea. Meses después, un encargado de limpieza, trapo en mano, se pregunta quién pudo haber tenido la crueldad de ubicar los vidrios en sitios tan inaccesibles. Años después, mirando la fachada totalmente degradada, el propietario se lleva las manos a la cabeza con desesperación.
La arquitectura es un bien imprescindible, inalienable, cuyo papel en la vida del ser humano no se puede despreciar de ningún modo. La sociedad no puede permitirse tener arquitectos que, como los programandores de software , incluyesen cláusulas en sus contratos eludiendo "toda responsabilidad por daños o deterioros de cualquier tipo producidos por disfunciones en el producto". Desde aquí queremos invitar a los arquitectos y sus críticos a ser consecuentes con el valor de esos objetos construidos . Puede que no fuera tan descabellado que se generalizara la idea de convocar a los premios y las exposiciones sólo edificios con un mínimo de años en uso, incluyendo como parte del jurado un selecto plantel de esos usuarios que no saben nada de arquitectura pero lo saben todo sobre el edificio. De igual modo, documentos como el relativamente nuevo Libro del Edificio, destinados a explicar al usuario el funcionamiento y mantenimiento de éste, podrían servir también para hacer reflexionar a los profesionales sobre cuál debería ser su papel en el mundo de la arquitectura. Una reflexión fructífera para ambas partes, fuente de innumerables oportunidades.
El arquitecto creador se convertiría en arquitecto asistente, atento a los cambios, siempre al lado del usuario para mediar entre él y el edificio. Y el buen edificio sería aquel que, teniendo un gran valor ya desde el proyecto, supiera mantenerlo dignamente con el uso, transmitiéndolo al usuario en forma de otro tipo de valor. Simple y llanamente: calidad de vida.
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