| Alva | Las imágenes pueden almacenarse en una gran multitud de formatos, algunos de los cuales tienen unas ventajas inherentes mientras que otros simplemente son formatos específicos de un programa de edición. Estos últimos suelen guardar información adicional que afecta a ese programa en concreto y que puede considerarse como un estado intermedio de un trabajo determinado. Así, las máscaras, capas y objetos son las características más comunes que suelen resultar de interés.
La ventaja de guardar una información adicional, como por ejemplo un objeto de texto, es de gran ayuda si queremos retocar la imagen cambiando únicamente dicho objeto. La desventaja es que no podremos intercambiar dichas imágenes con la misma libertad: en efecto, aquellos destinatarios que no tengan una aplicación compatible no podrán abrir la imagen.
Incluso, si la aplicación es diferente, podría proporcionar resultados inesperados como consecuencia de posibles capacidades mal soportadas por parte de los filtros de importación, echando por tierra la ventaja inicial del formato. Como ejemplo, un archivo específico de Corel PhotoPaint (.cpt), sólo puede ser leído por esta aplicación o por otras que tengan el apropiado filtro de importación.
Por tanto, dentro de un empleo más bien doméstico, debemos procurar limitarnos a formatos de archivo de propósito general, que sean muy populares y no existan problemas para su intercambio. Dentro de este conjunto, los más extendidos y que a la vez guardan la información suficiente sobre dimensiones y resolución de imagen, son los formatos TIFF y JPEG. Este último, como hemos dicho, consigue archivos de reducido tamaño a costa de ligerisimas pérdidas de calidad, muchas veces inapreciables para el ojo humano. Por lo tanto, el formato JPEG es el más utilizado y recomendado; yo trabajo profesionalmente con imagenes y el 98% de mi trabajo lo desarrollo en JPEG.
Cuando no se permite ninguna pérdida en absoluto, un formato TIFF comprimido es el recomendado. También debemos reseñar los archivos GIF, que si bien sólo permiten almacenar imágenes con colores reducidos y no son aptos para la fotografía profesional, tienen una inmensa popularidad de cara a Internet.
Con todo, existen muchos más formatos, cada cual con sus ventajas e inconvenientes, y muchos de ellos con prestaciones concretas para un sector determinado: documentos, ilustración, planos técnicos, etc...
A efectos prácticos, lo mejor es convertir las fotografías a archivos TIFF, si es para una salida a imprenta o JPEG de una resolución acorde con la calidad de la imagen tomada, para uso cotidiano y profesional.
Los formatos BMP, como el que tú utilizas, no es muy recomendable porque da una calidad insuficiente y además pesa demasiado.
De lo que Oscar te habla es de la resolución de la imagen; la resolución de una imagen es la cantidad de pixels que la describen. Suele medirse en términos de "pixels por pulgada" (ppi) y de ella depende tanto la calidad de la representación como el tamaño que ocupa en memoria el archivo gráfico generado.
Por ejemplo, si una imagen digitalizada posee una resolución de 72 ppi, una resolución normal de las imágenes que nos encontramos en internet, significa que contiene 5.184 pixels en una pulgada cuadrada (72 pixels de ancho x 72 pixels de alto)
Lógicamente cuanto más alta es la resolución de una imagen, posee más pixeles que la describan. Por ejemplo una ilustración de 5x5 pulgadas con una resolución de 72 ppi tendría 129.600 cuadraditos de color, mientras que la misma imagen con una resolución de 300 ppi, tendría 2.250.000 pixels. Es evidente que cuanto mayor sea la resolución, obtendremos una mejor representación de la imagen usando un dispositivo de salida adecuado ya que permite un mayor detalle descriptivo y una transición de color más suave y sutil.
Espero haberte ayudado, un saludo.
Alva.
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