Las tragedias conmueven al mundo en proporción directa a la publicidad que tienen. Hay periodistas honestos, que cuentan la guerra de Irak tal como la ven. Algunos, lo han pagado con la vida. Pero hay periodistas disfrazados de soldados, que más bien parecen soldados disfrazados de periodistas, que ofrecen versiones adaptadas al paladar de las grandes cadenas de la desinformación globalizada. Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes. Civiles muertos? Escudos humanos que usa el dictador. Ciudades sitiadas, sin agua ni comida? La invasión es una misión humanitaria. Resistieron algunas ciudades mucho más de lo previsto? En la tele, se han rendido todos los días. Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente son instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse. La mayoría de los estadounidenses está convencida de que Saddam Hussein derribó las torres de Nueva York. También cree, esa mayoría, que su presidente hace lo que hace por el bien de la humanidad y por inspiración divina. Los medios masivos venden certezas, y las certezas no necesitan pruebas. Pero el mundo está harto de que una vez más lo obliguen a tragarse, cada día, los sapos de ese menú. El país dedicado a bombardear a los demás países, que desde hace añares viene infligiendo al planeta una incontable cantidad de once de setiembres, ha proclamado la tercera guerra mundial infinita. El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá y que sólo conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir. No en nuestro nombre, claman los familiares de las víctimas de las Torres. No en nuestro nombre, clama la humanidad. No en mi nombre, clama Dios. ">

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La Náusea de Galeano - Para pensar
LEOEGOLa Náusea Eduardo Galeano Las bombas inteligentes, que tan burras parecen, son las que más saben. Ellas han revelado la verdad de la invasión. Mientras Rumsfeld decía: "Estos son bombardeos humanitarios", las bombas destripaban niños y arrasaban mercados callejeros. El país que más armas y más mentiras fabrica en el mundo, desprecia el dolor de los demás. "Nosotros no contamos a los muertos", contestó el general Franks, cuando alguien le preguntó sobre los daños colaterales, como se llaman los civiles que vuelan en pedazos sin comerla ni beberla. Babilonia, la ramera del Antiguo Testamento, merece este castigo. Por sus muchos pecados y por su mucho petróleo. Los invasores buscan las armas de destrucción masiva que ellos habían vendido, cuando el enemigo era amigo, al dictador de Irak, y que han sido el principal pretexto de la invasión. Hasta ahora, que se sepa, no han encontrado más que armas de museo, en muy desigual combate. Pero, son armas de construcción masiva los misiles gigantes que ellos disparan. Los invasores tienen a la vista las armas tóxicas y las armas prohibidas: las están usando. El uranio empobrecido envenena la tierra y el aire y los racimos de acero de las bombas de fragmentación matan o mutilan en un área que va mucho más allá de sus blancos. En 1983, cuando los marines se apoderaron de la isla de Granada, la asamblea de las Naciones Unidas condenó, por abrumadora mayoría, la invasión. El presidente Reagan, respetuoso, comentó: "Esto no ha perturbado para nada mi desayuno". Seis años después, fue el turno de Panamá. Los libertadores bombardearon los barrios más pobres, fulminaron a miles de civiles, reducidos a 560 en la cifra oficial, y eligieron al nuevo presidente del país en la base militar de Fort Clayton. El Consejo de Seguridad, casi por unanimidad, se pronunció en contra. Los Estados Unidos vetaron la resolución, y se pusieron a trabajar en sus invasiones siguientes. Las Naciones Unidas aplaudieron esas invasiones siguientes, o silbaron y miraron para otro lado. Y fueron las Naciones Unidas las que decretaron el embargo internacional contra Irak, que asesinó mucha más gente que la guerra de Bush Padre: más de medio millón de niños muertos, a confesión de parte, por falta de medicinas y de alimentos. Pero ahora, oh sorpresa, las Naciones Unidas se han negado a acompañar la nueva carnicería de Bush Hijo. Para evitar que en las próximas guerras se repita este episodio de mala conducta, me temo, no habrá más remedio que contar los votos del Consejo de Seguridad en el estado de Florida. No habían aparecido los primeros misiles en los cielos de Irak, cuando ya se había cocinado el gobierno de ocupación, democrático gobierno íntegramente formado por militares de Estados Unidos, y ya se estaba haciendo el reparto de los despojos del vencido. Todavía se sigue disputando el botín, que no es moco de pavo: los fabulosos yacimientos de oro negro, el gran negocio de la reconstrucción de lo que la invasión destruye... Las empresas agraciadas celebran sus conquistas en las pizarras de la Bolsa de Nueva York. Allí está el mejor noticiero de la guerra. Los índices bailan al son de la carnicería humana. En 1935, el general Smedley Butler había resumido así sus tres décadas de trabajo como oficial de marines: "Yo fui un pistolero del capitalismo". Y había dicho que él podía dar algunos consejos a Al Capone, porque los marines operaban en tres continentes y Capone actuaba nada más que en tres distritos de una sola ciudad. Y a mí qué tajada me va a tocar, se preguntan algunos miembros de la coalición. Pero, Qué coalición? Los cómplices de esta misión libertadora, que son cuarenta, como en el cuento de Alí Babá, integran un coro donde abundan los violadores de los derechos humanos y las dictaduras lisas y llanas. Y desde dónde se ha lanzado la cruzada?, dónde están ubicadas las bases militares de Estados Unidos?. Basta con echar una ojeada al mapa: esas monarquías petroleras, inventadas por las potencias coloniales, se parecen tanto a la democracia como Bush se parece a Gandhi. Es una alianza de dos. Uno que crece, el imperio de hoy, y otro que encoge, el imperio de ayer. Los demás sirven el café y esperan la propina. Esta alianza de dos por la libertad del petróleo, que Irak nacionalizó, no tiene nada de nuevo. En 1953, cuando Irán anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado hizo correr la sangre y el Sha Pahlevi, estrella de las revistas del corazón, se convirtió en el carcelero de Irán durante un cuarto de siglo. En 1965, cuando Indonesia anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres también respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado instaló la dictadura del general Suharto sobre una montaña de muertos. Medio millón, según los cálculos que más cortos se quedan. De cada árbol colgaba un ahorcado. Todos comunistas, aclaraba Suharto. El siguió matando. Le quedó el tic. En 1975, pocas horas después de una visita del presidente Gerald Ford, invadió Timor Oriental y asesinó a la tercera parte de la población. En 1991 mató, allí, a unos cuantos miles más. Diez resoluciones de las Naciones Unidas obligaban a Suharto a retirarse de Timor Oriental ?sin demora?. El, siempre sordo. A nadie se le ocurrió bombardearlo por eso, ni las Naciones Unidas le decretaron ningún embargo universal. En 1994, John Pilger visitó Timor Oriental. Mirara donde mirara, campos, montañas, caminos, veía cruces. La isla, toda llena de cruces, era un gran cementerio. De esas matanzas, nadie se había enterado. El año pasado, Ana Luisa Valdés estuvo en Yenín, uno de los campos de refugiados palestinos bombardeados por Israel. Ella vio un inmenso agujero, lleno de muertos bajo los escombros. El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las Torres Gemelas de Nueva York. Pero, cuántos lo veían, además de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los suyos?. Las tragedias conmueven al mundo en proporción directa a la publicidad que tienen. Hay periodistas honestos, que cuentan la guerra de Irak tal como la ven. Algunos, lo han pagado con la vida. Pero hay periodistas disfrazados de soldados, que más bien parecen soldados disfrazados de periodistas, que ofrecen versiones adaptadas al paladar de las grandes cadenas de la desinformación globalizada. Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes. Civiles muertos? Escudos humanos que usa el dictador. Ciudades sitiadas, sin agua ni comida? La invasión es una misión humanitaria. Resistieron algunas ciudades mucho más de lo previsto? En la tele, se han rendido todos los días. Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente son instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse. La mayoría de los estadounidenses está convencida de que Saddam Hussein derribó las torres de Nueva York. También cree, esa mayoría, que su presidente hace lo que hace por el bien de la humanidad y por inspiración divina. Los medios masivos venden certezas, y las certezas no necesitan pruebas. Pero el mundo está harto de que una vez más lo obliguen a tragarse, cada día, los sapos de ese menú. El país dedicado a bombardear a los demás países, que desde hace añares viene infligiendo al planeta una incontable cantidad de once de setiembres, ha proclamado la tercera guerra mundial infinita. El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá y que sólo conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir. No en nuestro nombre, claman los familiares de las víctimas de las Torres. No en nuestro nombre, clama la humanidad. No en mi nombre, clama Dios.
abako
La confesión del torturador
No vale nada, o poco vale, la confesión del torturado. Desde los tiempos de la Santa Inquisición, se sabe que no son creíbles, o bien poco creíbles son, las informaciones y las confesiones arrancadas bajo tortura, por la sencilla razón de que el dolor convierte a cualquiera en gran novelista. En cambio, el sistema de poder confiesa su verdadera identidad a través de las torturas que inflige. En las cámaras de tormento, los que mandan se arrancan la máscara. Así ocurre en Irak, pongamos por caso. Para apoderarse de Irak a pesar de los iraquíes y contra los iraquíes, las tropas de ocupación actúan con realismo: predican la democracia y la libertad y practican la tortura y el crimen. Quien quiere el fin, quiere los medios. ¿O acaso alguien puede creer que existe otra manera de robar un país? Lo demás es puro teatro: las ceremonias, las declaraciones, los discursos, las promesas y la transferencia de la soberanía, que pasa de Estados Unidos a Estados Unidos. Ocurre que el poder no dice lo que dice. Por ejemplo: cuando dice "terrorismo en Irak", en muchos casos debería decir: "resistencia nacional contra la ocupación extranjera". *** Cuando se publicaron las fotos y estalló el escándalo, las cumbres del poder político y militar cantaron a coro los salmos de su autoabsolución: o "Son casos aislados"; o "Son casos patológicos"; o "Son unas cuantas manzanas podridas"; o "Son perversos que deshonran el uniforme". Como de costumbre, el asesino ha echado la culpa al cuchillo. Pero esos soldados o policías que enloquecen al prisionero disparándole descargas de electricidad, o sumergiéndole la cabeza en la mierda, o partiéndole el culo, no son más que instrumentos: funcionarios que se ganan el sueldo cumpliendo su tarea en horario de oficina. Algunos trabajan a desgano y otros meten fervor, como esas entusiastas señoritas que se han fotografiado mientras humillaban a sus torturados iraquíes y los exhibían como trofeos de cacería. Pero todos, los apáticos y los fervorosos, son burócratas del dolor que actúan al servicio de una gigantesca máquina de picar carne humana. ¿Locos? ¿Perversos? Puede ser; pero la coartada patológica no absuelve al poder imperial que necesita la tortura para asegurar y ampliar sus dominios, porque ese poder está mucho más loco y es mucho más perverso que los instrumentos que utiliza. Y nada tiene de anormal que un poder atrozmente injusto utilice métodos atroces para perpetuarse. *** Nada tiene de anormal, tampoco, que esos métodos atroces no se llamen por su nombre. Europa sabe que donde manda capitán no manda marinero. La declaración de la Unión Europea contra las torturas en Irak no mencionó la palabra tortura. Esa desagradable expresión fue sustituida por la palabra "abusos". Bush y Blair hablaron de "errores". Los periodistas de la CNN y de otros medios masivos no pudieron utilizar la palabra prohibida. Años antes, para que los prisioneros palestinos fueran legalmente triturados, la Suprema Corte de Israel había autorizado "las presiones físicas moderadas". Los cursos de torturas que desde hace mucho tiempo reciben los oficiales latinoamericanos en la Escuela de las Américas se denominan "técnicas de interrogatorios". En Uruguay, que fue campeón mundial en la materia durante los años de la dictadura militar, las torturas se llamaban, y se llaman todavía, "apremios ilegales". Según Amnistía Internacional, la venta de aparatos de tortura en el mundo es un brillante negocio para unas cuantas empresas privadas de Estados Unidos, Alemania, Taiwán, Francia y otros países, pero esos productos industriales son "medios de autodefensa" o "material de control de la delincuencia". *** En cambio, sí mencionaron la palabra tortura, con todas sus letras, los encuestadores que interrogaron a la población de Estados Unidos en el año 2001, poco después del derrumbe de las torres de Nueva York. Y casi la mitad de la población, el 45 por ciento, contestó que la tortura no le parecía mal "si se aplica contra los terroristas que se niegan a decir lo que saben". Seis años antes, sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido torturar al terrorista Timothy McVeigh cuando se negó a dar los nombres de sus cómplices. La bomba que McVeigh puso en Oklahoma mató a 168 personas, incluyendo muchas mujeres y niños, pero él era blanco, no era musulmán y había sido condecorado en la primera guerra de Irak, donde aprendió a cocinar puré de gente. *** Contra el terrorismo, todo vale. Lo ha proclamado el presidente Bush, en mil ocasiones; y lo ha repetido el eco Blair. Ambos continúan brindando por el éxito de sus cruzadas. Siguen diciendo: "El mundo es ahora un lugar mucho más seguro", mientras el mundo estalla y cada día la violencia genera más violencia y más y más. *** Guantánamo es el símbolo del mundo que nos espera. Seiscientos sospechosos, algunos menores de edad, languidecen en ese campo de concentración. No tienen ningún derecho. Ninguna ley los ampara. No tienen abogados, ni procesos, ni condenas. Nadie sabe nada de ellos, ellos no saben nada de nadie. Sobreviven en una base naval que Estados Unidos usurpó a Cuba. Se supone que son terroristas. Si son o no son es un detalle que no tiene la menor importancia. Allí fue donde el general Ricardo Sánchez ensayó treinta y dos formas de tortura, llamadas "tácticas de presión e intimidación", que luego implantó en las prisiones de Irak. *** Desde el derrumbe de las torres de Nueva York, la tortura viene recibiendo numerosos elogios. Se ha desencadenado un bombardeo de opiniones jurídicas y periodísticas abierta o veladamente favorables a este método institucional de violencia, aunque nunca, o casi nunca, lo llaman como se llama. Estas apologías de la infamia, que provienen del poder, o de fuentes cercanas, sostienen que la tortura es legítima para defender a la población desamparada ante las amenazas que acechan, porque hay medios de lucha de moralidad dudosa que resultan inevitables contra los inescrupulosos asesinos que practican el terrorismo y lo promueven y que jamás dicen la verdad. Pero, si así fuera, ¿a quiénes habría que torturar? ¿Quiénes son los hombres que más han mentido en este siglo XXI? ¿Quiénes son los que más inocentes han matado, sin ningún escrúpulo, en sus guerras terroristas de Afganistán y de Irak? ¿Quiénes son los que más han contribuido a la multiplicación del terrorismo en el mundo? *** Ahora abundan los sorprendidos y los indignados, pero la tortura no fue utilizada por error ni por casualidad contra la población iraquí. Las tropas de ocupación la emplearon como era costumbre, por órdenes muy superiores, a sabiendas de lo que hacían y de para qué lo hacían. ¿Para qué? No hay ninguna prueba de que la tortura haya servido nunca para evitar ni un solo atentado terrorista. En el caso de Irak, ni siquiera ha sido útil para capturar a ninguno de los prófugos importantes. El más, Saddam Hussein, no cayó gracias a la tortura sino gracias al dinero que compró a un soplón. La tortura arranca informaciones de escasa utilidad y confesiones de improbable veracidad. Y sin embargo, es eficaz. Por eso se ha aplicado y se continúa aplicando: lo que es eficaz es bueno, según los valores que rigen al mundo. La tortura es eficaz para castigar herejías y humillar dignidades, y sobre todo es eficaz para sembrar el miedo. Bien lo sabían los monjes de la Santa Inquisición y bien lo saben los jefes guerreros de las aventuras imperiales de nuestro tiempo: el poder no emplea la tortura para proteger a la población, sino para aterrorizarla. ¿Será tan eficaz como el poder cree que es?